
La protesta es un acto de propaganda, una acción realmente política que debe caracterizarse por su organización conciente, por su impacto. Nuestra tarea es agigantar la conciencia, y utilizar todas las formas de lucha para cumplir el objetivo.
Da lo mismo si los medios de comunicación llegan a cubrir el evento, da lo mismo lo que digan de la universidad (Sanhueza lo desmentirá en su columna de El mercurio). Aquí lo que importa es la sensación que generamos entre nuestros pares, para invitarlos a sumarse pero no solo desde la barricada, sino por sobre todo desde la cotidianidad, desde el trabajo de construcción permanente.
El problema no es la protesta, sino el provecho que sacamos de ella. Pero sin capacidad de agitación ni de convocatoria, la protesta se transforma en una liberación de fuerzas internas, en una catarsis personal. Queremos protestas con nuestras carreras. Personajes que aparecen para sumarse al evento y después vuelven a sus lugares de residencia, cuando las tareas de construcción las asumimos los que nos quedamos, nos parece tremendamente injusto.
Una piedra más, una piedras menos, y entonces nos preguntamos: jóvenes negros, rojos, nos da lo mismo el color, cuanto estamos dispuestos a sacrificar de nuestras vidas por esa causa que decimos defender.

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